EUSKAL RAID ULTRATRAIL 2018 by Arantzazu Perez de Arenaza

Publicado el : may 21, 2018 | Autor: KIROLAK | Categorias: Kirolak

Me esperaban 132 km. Nunca había superado la "muga" de la centena, los tres dígitos dan mucho respeto y es que superar la línea de meta en estas distancias está condicionado por muchos factores, muchos que ni siquiera conozco.

Es necesario estar en forma, desde luego, sobre todo para no estar la siguiente semana sin poderse mover. Esto no tiene mucho misterio, les acostumbras a las paticas a andar por el monte y listo. Es la parte fácil si te gusta perder el tiempo entre hayedos, prados y peñas. Lo difícil, seguramente, está en prepararse para otras variables, las que no te esperas, con las que no cuentas, porque no sabías que eso podía pasar o porque no has podido evitarlo. Una ampolla en un lugar que ni sabes que existe, mucho sol en la cabeza, el estómago que deja de trabajar, la deshidratación, las sombras que hace el frontal en la noche que marean, la piedra escondida bajo la hojarasca, interpretar las señales que nos remite nuestro cuerpo, regular adecuadamente las fuerzas, el frío, el calor, la lluvia, el sol, la niebla, el barro, los esguinces, los dolores musculares, el destemple al amanecer, el cansancio, los calambres y así hasta mil. Pero lo más difícil es siempre controlar las emociones y pensamientos, porque son un millón y todos diferentes.

Aparecen en la cabeza sin avisar, sin pedir permiso, no llegan en un orden razonable y son capaces de generar un caos que te lleva a una bipolaridad permanente. Si la maquinaria responde en cuanto a lesiones, cruzar la línea de meta no depende de la resistencia física sino de la mental, de enfrentarse a los deseos de abandonar, de no dejarse arrastrar por el bucle de la negatividad, por resistir ante las recurrentes preguntas como: ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué necesidad? ¿Quién me ha mandado a mí apuntarme a esto? ¡Pues tú tía! ¡Que te has apuntado tú porque has querido! Y si recuerdas, te inscribiste con algo de miedo y nervios, pero con ilusión, con mucha. Y por eso has salido al monte hasta cuando caían chuzos de punta, por eso te han acompañado tus amigos por caminos embarrados, por eso te has despertado antes de que pongan los montes y abran los caminos, por eso a pesar de llegar desmoralizada de trabajar te has calzado las zapatillas y has salido a correr, por eso te fuiste a casa justo después de cenar con la cuadrilla y no te quedaste a pesar de lo a gusto que estabas. ¿Y porqué? Porque compensa, sí compensa, ¡ya verás!

Pues sí… la verdad es que sí, compensa. Con la excusa de preparar la prueba he recorrido paisajes mágicos, he compartido risas, conversaciones enriquecedoras, ilusiones, meditaciones, he hecho más amigas y más amigos, he soñado planes, he desconectado de las tensiones del día a día, he recibido ánimos de mi gente por hacer algo inútil.

Soy una afortunada. Yo recibo ánimos y aliento simplemente por ponerme un dorsal y andar por sitios increíbles, mientras que en otras partes del mundo caminan con el objetivo de escapar del hambre, de la opresión, de la violencia, muy lejos de casa, obligados al desarraigo en busca de refugio. Refugio que no reciben, se les limita el camino hacia la vida, claro, no vaya a ser que lleguen hasta aquí y perdamos nuestra calidad de vida y nuestra capacidad de comprar.

Por el contrario, yo estoy aquí porque quiero y vengo a disfrutar. ¿Cómo no voy a disfrutar? No hay ni un solo motivo para no hacerlo.

El 10 de mayo se celebra Euskal Trail. Un fin de semana intenso en Baigorri, Behe Nafarroa, donde una organización impecable ofrece pruebas de diferentes distancias y donde participan infinidad de personas, cada una con sus objetivos y pretensiones. Yo me inscribí a la más larga, sin darle muchas vueltas, casi por impulso, como suelen tomarse las decisiones que ya tiene meditadas y resueltas el subconsciente, porque él sabe que merecerá la pena.

Esta vez ha sido diferente, especial, porque me apuntaba por parejas. Tendría que compartir los 132 km. Esto puede tener su parte negativa, ya que habrá que superar los malos momentos propios y puede que los de la pareja. Pero desde luego que tiene parte positiva. Esos mismos momentos se pueden transformar fácilmente en buenos cuando la pareja es cómplice, paciente y comprensiva, trasmite ilusión y buen humor, que con alegría todo brilla más y hay muchas horas por delante. En mi caso era así, con mi equipo sumaba, lo único que me inquietaba era no poder corresponder de la misma manera.

A las 5:00 empezamos nuestro viaje en el trinquete de Baigorri. Si todo iba bien, allí volveríamos después de unos cuantos millones de pasos. No sé qué me pasaba, pero desde el km 22 mis piernas no fluían, me costaba avanzar, me molestaba la espalda, las cervicales, me dolían los isquios, no me lo podía creer, no quería ni pensarlo, ¡si aún faltaban 110 km y el del mazo ya estaba acechando! Bueno, pues desde ahí empecé a notar la fuerza que inspira un compañero; respetó y apoyó mi lucha interior, evitó que me dejase arrastrar por el bucle del desasosiego, me ayudó a no decaer, a mantener la constancia del caminar, a volver a confiar en mí, a espantar a mis fantasmas y miedos. Me hizo creer que salí del lado oscuro por mí misma, desde su discreción evito otorgarse cualquier mérito, pero yo sé que la clave fue su actitud. Y así, bajando por la alfombra de musgo hacia Urepel, los dolores se diluyeron, volvieron las anheladas sensaciones de convicción, la necesidad de hablar, de comentar la belleza del paisaje y las ganas de seguir.

A partir de Urepel la motivación fue mi carburante, que se alimentó de las sonrisas de los amigos que aparecieron por el camino, de la ilusión que hace ver a la buena gente con la has compartido entrenos o risas, del recuerdo de las amigas, de los amigos, de los de casa, de los planes futuros, de la luz del sol que se iba apagando, de la frondosidad de los hayedos, de las ganas de contar a los míos lo contenta que iba y sobre todo de la complicidad del de al lado.

Apareció la luna, encendimos de nuevo el frontal, y continuamos nuestro viaje, dejándonos mimar por los voluntarios en cada avituallamiento hasta la última bajada que nos llevó a Baigorri. Habíamos mantenido la concentración para regular las fuerzas, para controlar la pisada en las bajadas y acordarnos de seguir comiendo y bebiendo. Fue al pisar el asfalto cuando empezamos a ser conscientes de que aquello ya estaba hecho. Y cruzamos la línea de meta y recibí el abrazo más reconfortante del mundo, estaba contenta porque había terminado, porque ya no había que seguir caminando; aún no estaba contenta por lo que había vivido ni por como lo disfruté, eso llega al día siguiente y se alarga en el tiempo, revives lo sentido y vuelas de nuevo. Tenemos una capacidad selectiva que hace que recordemos con más intensidad los buenos momentos y los malos se quedan ahí, a un lado, borrosos. Estas pruebas son así, la lidia contínua a nuestros propios fantasmas y la satisfacción de haberlos superado, pero el recuerdo de lo vivido que queda para ti en una posición privilegiada del cajón, a donde recurres cuando estás sola y necesitas calor.

Por lo tanto sólo me queda agradecer, tengo un montonazo de gracias en la mochila para repartir a cada una de las sonrisas que nos encontramos en el camino, entre amigos, espectadores y voluntarios, a las que siempre están y aunque no tengan ni idea de lo que son estas historias me aguantan mis chapas y además me animan. A los que comparten conmigo paseos por el monte, mendi martxas, cafés, cervezas, amaneceres y conversaciones. Y a los de casa, que están pendientes para que todo me vaya bien. A veces ni siquiera me atrevo a decirles lo que hago. Me preocupa que se preocupen. A Kirolak, que nos cuida tan bien y se encarga de que no nos falte de nada. Ahí estaba Leire la semana anterior, asegurándose como siempre de que yo tuviera para ese día las zapatillas, el chubasquero y el material correspondiente a punto. Así fui, impecable.

Y el último para el socio en este viaje, Ander, por todo.

Arantzazu Perez de Arenaza

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